lunes, 16 de diciembre de 2013

Cinco millones de ansiedades



Es lamentable que, por la situación político-económica que vive este país de los tres mares, el exilio renazca en nuestra cotidianidad y amenace con quedarse mucho tiempo entre nosotros. La diferencia de aquellos que otrora tuvieron que huir para salvar su vida, los de hoy huyen para salvar su futuro y ponerse a cubierto de las inclemencias del torrencial desempleo que no cesa. Son viajes, maletas, despedidas, ilusiones atiborrando las alforjas del optimismo, aunque también  de muchas islas a la deriva, que se adentran con miedo en océanos desconocidos. Hay muchos sueños y también pesadillas ocultas en los pasos del titubeo. Sentimientos desgajados, liberados de sus ataduras, húmedos de otoños y de inviernos con sus nieves de incertidumbre. Otros, con una ilusión entre los ojos del miedo, llegan con la sal en los bolsillos capitaneando balsas al garete, con brújulas a la deriva, llenas de gritos y agujas rotas; eterna búsqueda de costas imposibles, de playas clausuradas. No saben que lo que les espera es la inseguridad más absoluta, vestida de  angustia, de ahogo y de asfixia para quien piensa que al huir de su país, los problemas se acaban. 
Los que emigran de este país hacia los confines de Europa, Asia o USA, afirman que sólo se van porque quieren alcanzar la libertad. Libertad económica, se entiende. Pero, en el fondo, todos se van en su “patera” particular hacia lo desconocido, que puede ser la perplejidad, el dilema de convertirse en extranjero para siempre. Aun así, estos hombres y mujeres, ilustrados, con brillantes títulos en su pared curricular,  se ven obligados a huir porque esos pergaminos no les proveen el sustento ni les aseguran el porvenir; de nada les sirven  frente al abandono, convertidos en  víctimas de políticas erradas,  sufriendo la falta de oxígeno en el aire contaminado de la ausencia. Entonces se arriesgan, y aunque llevan sus brillantes documentos apretujados de sellos y de firmas,  se convierten en forasteros dondequiera que vayan; forasteros ilustrados, pero anónimos y extraños en un mundo que no les pertenece ni se sienten parte de él. Unos y otros, los que se van y los que llegan, con toda la carga de esperanza sobre la espalda, también se ven con la frente cubierta de espinas y bajo los pies desnudos, vidrios rotos de ventanas tatuadas en la piel del desconcierto. Uno los ve a través de la pequeña pantalla y algo en nuestro interior  nos empuja hacia la costa, hacia ese acantilado de verbos con zapatos agujereados y pateras desvencijadas. También nos incita a meternos en el aeropuerto de luces rutilantes y en el frío andén de la estación ferroviaria, con sus lágrimas golpeando rieles de impotencia. Es nostalgia que nace sin padres, huérfana resignada y mártir sin dolientes. Es el dolor de saberse ignoto, la huida de un territorio bombardeado por cañones de desidia, que siguen disparando desde una montaña, con su joroba de presunto país desarrollado. La emigración, tanto como la inmigración (conozco ambas en primera persona),  son ese libro con páginas de desgarramientos, de mucha soledad y angustia. También de párrafos de convicción, capítulos de aliento y entusiasmo; notas de firmeza y persuasión sobre hojas de vida pintadas de esperanza. Es que cinco millones de ansiedades haciendo cola a las puertas de la oficina de (des) empleo dan miedo, más bien, aterrorizan y oscurecen ese cielo tenebroso que nos cubre y amenaza con una tormenta indefinida.

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