Es lamentable que, por la situación político-económica que vive este
país de los tres mares, el exilio renazca en nuestra cotidianidad y amenace con
quedarse mucho tiempo entre nosotros. La diferencia de aquellos que otrora
tuvieron que huir para salvar su vida, los de hoy huyen para salvar su futuro y
ponerse a cubierto de las inclemencias del torrencial desempleo que no cesa.
Son viajes, maletas, despedidas, ilusiones atiborrando las alforjas del
optimismo, aunque también de muchas islas
a la deriva, que se adentran con miedo en océanos desconocidos. Hay muchos
sueños y también pesadillas ocultas en los pasos del titubeo. Sentimientos desgajados,
liberados de sus ataduras, húmedos de otoños y de inviernos con sus nieves de
incertidumbre. Otros, con una ilusión entre los ojos del miedo, llegan con la
sal en los bolsillos capitaneando balsas al garete, con brújulas a la deriva,
llenas de gritos y agujas rotas; eterna búsqueda de costas imposibles, de playas
clausuradas. No saben que lo que les espera es la inseguridad más absoluta,
vestida de angustia, de ahogo y de
asfixia para quien piensa que al huir de su país, los problemas se acaban.
Los
que emigran de este país hacia los confines de Europa, Asia o USA, afirman que
sólo se van porque quieren alcanzar la libertad. Libertad económica, se
entiende. Pero, en el fondo, todos se van en su “patera” particular hacia lo
desconocido, que puede ser la perplejidad, el dilema de convertirse en extranjero
para siempre. Aun así, estos hombres y mujeres, ilustrados, con brillantes
títulos en su pared curricular, se ven
obligados a huir porque esos
pergaminos no les proveen el sustento ni les aseguran el porvenir; de nada les
sirven frente al abandono,
convertidos en víctimas de políticas
erradas, sufriendo la falta de oxígeno
en el aire contaminado de la ausencia. Entonces se
arriesgan, y aunque llevan sus brillantes documentos apretujados de sellos y de
firmas, se convierten en forasteros dondequiera
que vayan; forasteros ilustrados, pero anónimos y extraños en un mundo que no
les pertenece ni se sienten parte de él. Unos y otros, los que se van y los que
llegan, con toda la carga de esperanza sobre la espalda, también se ven con la
frente cubierta de espinas y bajo los pies desnudos, vidrios rotos de ventanas
tatuadas en la piel del desconcierto. Uno los ve a través de la pequeña
pantalla y algo en nuestro interior nos
empuja hacia la costa, hacia ese acantilado de verbos con zapatos agujereados y
pateras desvencijadas. También nos incita a meternos en el aeropuerto de luces
rutilantes y en el frío andén de la estación ferroviaria, con sus lágrimas
golpeando rieles de impotencia. Es nostalgia que nace sin padres, huérfana
resignada y mártir sin dolientes. Es el dolor de saberse ignoto, la huida de un
territorio bombardeado por cañones de desidia, que siguen disparando desde una
montaña, con su joroba de presunto país desarrollado. La emigración, tanto como
la inmigración (conozco ambas en primera persona), son ese libro con páginas de desgarramientos,
de mucha soledad y angustia. También de párrafos de convicción, capítulos de
aliento y entusiasmo; notas de firmeza y persuasión sobre hojas de vida
pintadas de esperanza. Es que cinco millones de ansiedades haciendo cola a las
puertas de la oficina de (des) empleo dan miedo, más bien, aterrorizan y
oscurecen ese cielo tenebroso que nos cubre y amenaza con una tormenta
indefinida.
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